EL EXTRAÑO QUE COME EN TU VAJILLA


IMAGEN Y SEMEJANZA

La cara de mi padre tiene boca
y demás utensilios para el gesto,
pero igual que la mano que acaricia
pasa a ser mano del acariciado,
su rostro frente al mío es también mío.

Y es que tiene razón nuestra vecina
cuando dice que el tiempo venidero
— que como todo tiempo
no viene sino va— colocará
mi ficha en su casilla.

Pero no se refiere al jaque mate,
ella habla del parchís,
de mis pies vendimiando muchos días
hasta alcanzar otro color, su boca,
de mi padre obligado a estar en casa.

No escribo este poema por mi miedo
a tocar las arrugas sin tenerlas,
pienso en la angustia de mi padre al verme,
tan joven, tan idéntico a él, ocupando
la edad que ya tuvo, quizás su cuerpo.