Inédito

Los monstruos no acudieron a mi infancia,
no noté sus pezuñas en mis hombros
para quitarme el miedo de la noche
que no es oscuro sino solitario.
Un gruñido me habría hecho valiente,
el saber que ojos vivos me miraban.

Era la nada y me obligó a inventarlos,
a introducirlos en mi propia vulva
raquídea y notar su crecimiento.
Y como un bosque aprende de su tierra
aprehendieron ellos mis temores,
se alimentaron sin quedar saciados.

Así, los de debajo de la cama
subieron a dormir en mi almohada
quitándome los sueños con su aliento,
y los de los armarios, ni esconderse,
se visten con mi ropa y mis zapatos
para mostrarme en qué me he convertido:

el hombre más cobarde de mi casa,
cazador que se pone trampas así mismo.

FJNL

El libro es un objeto

Antes de sentir interés por la literatura, tuve atracción por los libros. Mi madre era socia de Círculo de Lectores, y cada dos meses estaba obligada a comprar un libro de la revista que con idéntica periodicidad llegaba a casa. Yo ojeaba las páginas satinadas mientras, sin darme cuenta, olía la tinta de las novedades. Tras esto y con los ojos redondos y grandes, solicitaba el libro de tapa dura cuya cubierta no era otra cosa que los personajes de la última película que había visto en el cine, como Toy Story o Babe, el cerdito valiente. Nunca leí esos libros que deben estar en casa de mis padres o mi hermana, pero tampoco están nuevos, los movía de un sitio a otro, los miraba, los abría y cerraba, y ubicaba con esmero en la estantería. Desde entonces, mi relación con los libros no ha parado, claro, y según fue creciendo, a la vez que mi madre no dejaba de ser socia de Círculo de Lectores, los gustos cambiaron y cada dos meses llegaba a casa alguna obra completa o antología de Galaxia Gutenberg, era un chico afortunado. Después, tras terminar las carreras, incluso trabajé en Círculo, aunque no como siempre quise, sino de comercial, puerta a puerta, intentando conseguir socios con las tretas que nos enseñaban. Era patético. Mis compañeros no tenían ni puta idea de libros y su aspecto, nuestro aspecto, era el de La pandilla basura. Eso sí, al menos le di uso al caro traje que me compré para la boda de mi hermana, y que el cabrón del jefe siempre decía que me quedaba estupendamente, solo porque una vez comenté que me gustaba vestir bien, era un vendedor-de-mierda se le mirara por donde se le mirara. Los integrantes de La pandilla basura desayunábamos en la misma cafetería que la gente de Random House Mondadori (por aquel entonces) y yo me avergonzaba de mí mismo. Las dos editoriales compartían edificio, y si ya me jodía ser el apéndice del cuerpo de una, comprobar que, mientras un compañero veinte años mayor que yo me pedía dinero para el café dentro de un traje enorme y con olor a humedad, existía otra realidad al lado, donde dos chicas que tendrían más o menos mi edad reían y era bello porque ellas trabajaban en Random, se me hacía insoportable. Mi madre, tras treinta años de comprar libros cada dos meses, decidió que se acababa, que no quería recibir más revistas, que ya estaba bien, hombre. Por supuesto, yo no trabajaba ya en Círculo de Lectores, duré diez días y me fui. 

Llanto del exiliado

VI

Con un tambor y un poco
de hierba negra,
pienso
que cualquier lugar es bueno para morir.
Pero hoy, qué tristeza,
que ganas de morder las piedras, porque hoy,
precisamente hoy,
mi pequeña madre ha muerto en su casa de Santiago,
a diez mil kilómetros de aquí,
a un millón de mis manos que envejecen cada tarde.
Y me pregunto qué hago en medio de esta destrucción,
en esta autopista en la que estoy
colgado,
sin saber qué hacer,
caminando entre árboles de terrible verdor.

Otros hijos
viste
destrozados
o caídos en la noria,
triturados o carcomidos o sedientos de púrpura,
como vasos reventados en la frente
de un dios.
                            Pero guardabas
tus lágrimas en el fondo del antiguo
baúl, y todo se fue volviendo grava, manto miserable,
en tanto el ausente,
el hijo viejo,
evocando esqueletos queridos,
te enviaba botellas de ácido cruel,
un poco de sal arrancada a la boca de los perros,
o hablaba como un caballo
que hubiera perdido
la razón
entre vejámenes y la lenta lluvia.

Mahfud Massís

Alabalabala no es un país

Alaba la bala, decía el Sargento, izquierda-derecha, derecha-izquierda. Pero él gritó Avala la bala, y con la urgencia de las letras de ambulancia llegó su grito al otro lado de la trinchera, y leyeron Alaba la lava, y dispararon buscando el calor de sus adentros. Alabalabala no es un país.

Balance

Aquí no se trata de ser pesimista u optimista, de que te digan "valiente" o "no será para tanto". Hace un año que llegué a Chile, y es hora de hablar. Podría hacer una lista con las cosas buenas y las cosas malas, pero ésta sólo dependería de mi ingenio para equilibrar ambas columnas. La realidad es que me he perdido el crecimiento de mis sobrinos, la risa de mi madre y la ternura de mi padre, el adiós de mi abuela. Me he perdido a mis hermanas y a mis cuñados otros hermanos y hermanas, a primos y tíos, los brindis con los amigos. Aquí no hay poesía, no palabras para libro. Me importa una mierda la fuga de cerebros. No sé si podré volver. Si  fuera por la lucha, si fuera como otros antes por la lucha, por la libertad. Si fuera por el hambre, entonces sí, entonces permitiría un "valiente". Pero yo estoy aquí por una forma de vida, por una construcción sistemática, migrante económico. Fuga de corazones, fuerte y con cursilería, fuga de corazones, fuga de corazones. No fronteras de países, fronteras de personas.